Santísimo Cristo de la Defensión

El Santísimo Cristo de la Defensión es obra del imaginero valenciano José Esteve y Bonet en 1795. El autor fue miembro de la Real Academia de San Fernando de Madrid y escultor de cámara de Carlos IV.

Se trata de una Imagen neoclásica, no solo por la fecha de ejecución, sino por la composición y técnica empleadas. Tiene un rostro sereno, de rasgos finos y apolíneos, casi griegos. Presenta la boca entreabierta y la cabeza inclinada sobre el hombro derecho, no presentando corona de espinas ni potencias, lo cual hace que se resalte la perfección de la cabeza y la hermosura de los cabellos, tratados a base de largos mechones rizados que caen en su mayor parte por el lado derecho.

Se trata de una imagen que transmite una gran serenidad, y cuyos postulados estéticos habría que buscarlos entre las enseñanzas que Esteve recibió de los hermanos Ignacio y José Vergara, fundadores de una Academia de Bellas Artes en Valencia. El Crucificado presenta una anatomía majestuosa y serena, alcanzando el metro ochenta de estatura. Aparece sujeto a la cruz por cuatro clavos, apoyando los pies sobre un supedaneo. El paño de pureza forma un lazo en el costado derecho, estando compuesto por pliegues sencillos.

En las rodillas el autor se mostró realista, pues aparecen desgarradas y contusionadas. La herida del costado, abierta por la lanzada, está tallada, no sólo policromada. Las manos y los pies revelan a un consumado conocedor de la anatomía humana. Desde el punto de vista médico, los clavos han producido contusiones en manos y pies que aparecen reflejadas con un realismo impactante.

Este Crucificado corresponde a la fase de formación definitiva de este imaginero valenciano, adornado con las esencias de sabor popular y castizo. Es un Cristo que irradia equilibrio porque las ideas artísticas de Esteve ya se han serenado, alcanzando y culminando la perfección de su técnica, que se nos ofrece en esta talla depurada y exquisita. Es un Crucificado de una gran elegancia y de una fuerza plástica que consigue emocionar al espectador. En esta talla, Esteve logró conjugar los postulados neoclásicos imperantes en su época, evitando las estridencias que se alcanzaron en los momentos más impetuosos del barroco.