Hay personas que llegan a un lugar sin hacer ruido y, casi sin darnos cuenta, terminan ocupando un espacio imprescindible en la vida de quienes las rodean. Así ha sido Fray Pedro Enrique Rivera Amorós para nuestra Hermandad y para tantos fieles que han encontrado en él un sacerdote cercano, sencillo y profundamente entregado.
Su llegada al Convento de Capuchinos el pasado mes de septiembre coincidió con un momento especialmente delicado para nuestra Hermandad. Sin necesidad de nombramientos ni protocolos, asumió desde el primer instante la dirección espiritual con una naturalidad que solo nace del auténtico sentido del servicio.
Fray Pedro Enrique entendió desde el principio que una hermandad necesita mucho más que una asistencia puntual en los cultos: necesita un pastor que camine junto a ella y le recuerde que el verdadero centro de su vida es Cristo.
Su huella ha ido mucho más allá de nuestra corporación. Ha conquistado el corazón de la feligresía con una predicación profunda y cercana, dedicando siempre un momento a los más pequeños dentro de sus homilías, capaz de hablar de Dios con un lenguaje comprensible, sin perder un ápice de profundidad evangélica.
Quienes asistimos a sus charlas cuaresmales recordaremos durante mucho tiempo cómo, semana tras semana, el salón Defensión se llenaba para escucharle. En una sociedad acostumbrada al ruido y a la prisa, Fray Pedro ofrecía reflexión, serenidad y esperanza: palabras que invitaban a mirar hacia dentro y preparar el corazón para encontrarnos con el Señor Resucitado.
Su inquietud pastoral dejó también frutos que permanecerán en la historia reciente de nuestra Hermandad. Gracias a su impulso, por primera vez un grupo de hermanos y devotos recibió el sacramento de la Confirmación en el seno de nuestra corporación: la culminación de un camino de formación y crecimiento en la fe que muchos pudieron vivir dentro de la familia de la Defensión.
Pero sería injusto reducir su legado únicamente a su labor pastoral. Fray Pedro deja también un recuerdo imborrable por su manera de ser: su sencillez franciscana, su disposición constante, su sonrisa sincera y esa capacidad de encontrar la palabra adecuada en el momento preciso. Ha sido un sacerdote cercano, accesible y profundamente humano.
La reciente celebración del Capítulo Provincial de la Orden Capuchina ha dispuesto que continúe su ministerio en el convento capuchino de Granada. Son las obediencias propias de la vida religiosa, aceptadas con la generosidad de quien entiende que la misión está siempre donde la Iglesia le necesita. El pasado lunes emprendió ese nuevo camino, dejando entre nosotros una mezcla de gratitud y nostalgia difícil de expresar.
Nos alegramos sinceramente por la comunidad que va a recibirle, aunque sería poco sincero ocultar que aquí deja un vacío importante. Las despedidas nunca son fáciles cuando han existido el afecto y la admiración, pero también son ocasión para dar gracias: por estos meses compartidos, por cada homilía, por cada consejo y por haber ayudado a nuestra Hermandad a crecer espiritualmente en un momento especialmente necesario.
Confiamos en que el Señor siga bendiciendo abundantemente su ministerio y que María Santísima de la O lo proteja siempre bajo su amparo. Y, aunque sabemos que Dios escribe caminos que no siempre comprendemos, conservamos la esperanza de que algún día nuestros caminos vuelvan a cruzarse.
Hasta entonces, querido Fray Pedro, esta será siempre tu casa. Y esta Hermandad, tu Hermandad, te llevará siempre en la oración y en el recuerdo.
Jorge Bernal Suárez
Hermano Mayor de la Hermandad de la Defensión
